Gramola Galáctica: "Il cielo in una stanza" (Mina, 1959)

31 gennaio 2012 - EL PAÍS.com

di Marcos Ordoñez


En el verano
del 59 sucede un hecho revolucionario: una chica de Cremona llamada Anna María
Mazzini, en arte Mina, graba una canción que había sido rechazada por Julia Di
Palma y Miranda Martino. En los créditos aparecen dos nombres extraños, casi
una contraseña de novela de aventuras: Mogol-Toang. El primero corresponde al
letrista Giulio Rappetti; el segundo, a un joven genovés llamado Gino Paoli,
que ha de firmar con seudónimo porque ni siquiera está afiliado a la sociedad
de autores. El tema se llama Il cielo in
una stanza, el cielo en una habitación, y va a convertirse en la mejor
canción de amor de la Italia de los 60, y en una de las más grandes de su
historia.
En su momento, Il cielo in una stanza
fue acusada de inmoral y las emisoras católicas se negaron a radiarla. Hasta
entonces, las canciones de amor pertenecían a los hombres, que habitaban el
anhelo del “antes” o lamentaban la pérdida del “después”. De repente, y por vez
primera, una mujer se adentraba en el territorio prohibido del “durante”,
atreviéndose a cantar, alto y claro, con los ojos abiertos y ávidos, su placer
en la cama. Las piedras del escándalo fueron esa orgullosa voz femenina, ese
“durante” eternizado, y una disposición narrativa que sugería sin mostrar, que
era romántica sin ser retórica y utilizaba, muy sabiamente, la transfiguración
del espacio como metáfora del éxtasis.
Il cielo in una stanza no transcurre
en idílicas casitas de papel ni en imposibles cabañas en Canadá sino en la
habitación alquilada de un albergo a ore,
una casa de citas. A los autores les basta con mencionar la visión del techo
para que entendamos que los amantes están acostados, y pintarlo de un color
anómalo – un soffitto viola – para
evocar un meublé de la época.
La transfiguración se cuenta con palabras sencillas y poderosas: cuando hacen
el amor, las paredes del cuarto desaparecen y la mujer ve árboles, “árboles
infinitos”; el techo de color violeta se descorre, como en un cine de verano,
para que el cielo se abra sobre los cuerpos de los amantes, “abandonados, como
si no hubiera nadie más en el mundo”. Suena una armónica, que probablemente
brote de una radio modesta, y en sus oídos se convierte en un órgano que toca
sólo para ellos, “bajo la inmensidad del cielo”. Es como si la voz de Mina y el
texto de la canción hubieran abolido, en dos minutos y cincuenta segundos,
cinco siglos de amor cortés para entrar galopando en el amor carnal, pasando de
la mística a la poesía de la experiencia, de Petrarca  a Pavese, por la
pura fuerza del deseo. Y si no conociéramos el rostro de Mina podríamos
prestarle el de las mujeres del cine neorrealista de los primeros 60: Lea
Massari en Il sogni nel cassetto o
Stefania Sandrelli en Io la conoscevo
bene. Es la voz de una loca de amor, urbana, contemporánea, que se funde,
para fluir mejor, con los arreglos ensoñadores y aéreos de Tony De Vita: un
continuo de cuerdas que levantan la arquitectura del arrebato sin que la espuma
desborde sus líneas; un andante que avanza como la brisa moviendo las nubes de
ese cielo inventado y se remansa, al final, con tres acordes en adagio, como el
perfume seco y reconcentrado de una flor de ginebra, abriéndose.  
Ofrezco dos versiones a cargo de Mina. La primera, con la elegancia que luego
compartiría con Ornella Vanoni, pertenece a la película Io bacio, tu baci, dirigida por Piero Vivarelli en 1961.
La segunda, más racial y proletaria (pese - o quizás por - la fantasía
aristocrática) es de un programa televisivo del año 62, Il signore delle 21. Ambas son espléndidas, pero uno tiene la impresión
de que cada stanza pertenecía a un
barrio distinto.

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